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Los hombres de las máscaras

“Y tú qué sabes, qué sabes de mi silencio,

Dime qué sabes, qué sabes de mis secretos…qué descubres de mi mirada, qué intuyes de mis palabras….dime qué sabes

Y tú qué sabes, qué conoces de mi alegría,  dime qué sabes, qué sabes de mi melancolía, qué conoces de mi poesía, qué intuyes de mi melodía…tú no sabes nada

Y yo qué se, qué se yo de tu silencio

Yo no sé nada, no sé nada de tus secretos

no sé nada de tu poesía, qué se yo de tu melancolía, yo tampoco sé nada…

…Entonces por qué nos juzgamos si no sabemos nada…no sabemos Nada”*

*Son de esas canciones que de pronto llegan a la mente a las 3am y nos regalan historias, historias de hombres con máscaras


Desnudarse en medio de la noche, a solas, no les era sencillo cuando debían mantener sus máscaras atadas durante 15 horas del día. Los hombres que vivían cerca al fuego se excusaban en que las chispas podían hacerle daño a sus ojos; aquellos que custodiaban los blancos mantos de nieve decían en cambio, que de otra manera sus rostros podían congelarse, cambiarían de color y no les reconocerían al llegar a casa. Los que debían arar la tierra se empeñaban en usarlas para protegerse de la maleza que, según ellos, podía crecer hasta en el lugar menos esperado del cuerpo; quienes cuidaban de los animales las mantenían siempre en su lugar para no descubrir su rostro a criaturas impuras. Hasta los niños debían empezar a usarlas si los rayos de sol amenazaban con tocar su piel.

Aquellos hombres, los de las máscaras, se conocían entre ellos como a la palma de su mano durante el día; sin embargo, les era prohibido salir en las noches, pues sin su máscara podían cometer el error de saludar a alguien que no era de su agrado sin reconocerlo. Todos soñaban con el día en que no tuvieran que cambiarse de cara ni identidad, pues no soportaban el llanto de los más pequeños cuando no les reconocían al mirarlos -en realidad, no soportaban su rechazo al verlos usando su máscara-.

Lo desearon con tal fuerza, lo rogaron con tal insistencia a sus dioses, que una noche, después de quebrar su máscara, uno de los hombres reconoció su rostro en las llamas del fuego sin ningún daño, pero corrió a su casa atemorizado por su desnudez; mientras otro, cayó dormido sin quitarse la máscara y al despertar, descubrió que ya no había distinción entre su rostro y aquel que usaba durante el día. Ya no podía quitarse la máscara de su cara.

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Todos celebraron el mensaje de los dioses y al día siguiente, la aldea entera tenía permiso para salir en las noches, mientras los más pequeños lloraban inconsolables la decisión de unos padres que aún no comprendían.

 

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